Estancia profesional en Rödabergsskolan, en Estocolmo (Suecia)

Estancia profesional en Rödabergsskolan, en Estocolmo (Suecia)

A finales de abril tuve la oportunidad de pasar dos semanas en Estocolmo, realizando una estancia profesional en Rödabergsskolan, un centro público de educación obligatoria. Iba con la idea de observar cómo funciona el sistema educativo sueco, pero volví con algo más valioso: muchas preguntas nuevas sobre nuestra forma de enseñar, evaluar y entender la escuela.

Rödabergsskolan es una escuela pública municipal situada en una zona céntrica de la ciudad. En ella estudian niños y adolescentes de entre 6 y 15 años, con una enorme diversidad cultural y lingüística. Esto, que en otros contextos se vive como un reto constante, allí forma parte de la normalidad. La inclusión no es un “programa”, es simplemente la manera en la que funciona el centro.

Nada más cruzar la puerta, lo primero que llama la atención es el ambiente tranquilo. No hay gritos, carreras descontroladas ni sensación de vigilancia permanente. El alumnado se mueve con bastante autonomía y sabe lo que tiene que hacer. Esto no significa que no haya normas, sino que las normas están claras y asumidas.

La relación entre profesorado y alumnado es cercana y respetuosa. Los docentes no ejercen autoridad desde la imposición, sino desde la confianza y la coherencia. Se habla mucho, se escucha mucho y se previenen los conflictos antes de que aparezcan. Ver esto en funcionamiento, día tras día, resulta muy revelador.

Uno de los aspectos que más me sorprendió fue la sensación de comunidad. El centro no gira únicamente en torno a las clases. Todo forma parte del aprendizaje, incluido el tiempo de comedor. En Rödabergsskolan el comedor es gratuito y los profesores comen con el alumnado. Comparten mesa, conversación y tiempo.

Puede parecer un detalle pequeño, pero no lo es. Comer juntos refuerza vínculos, humaniza la relación docente-alumno y convierte un momento cotidiano en una oportunidad educativa más. Es un ejemplo claro de cómo la escuela sueca entiende la educación de forma global.

En muchas escuelas hablamos de coordinación docente, pero no siempre se traduce en una práctica real. Aquí sí. El profesorado se reúne de forma habitual para hablar del alumnado, compartir observaciones y tomar decisiones conjuntas. No son reuniones para cumplir expediente, sino espacios de trabajo efectivo.

Esto tiene un impacto directo en la atención a la diversidad. El alumnado no “pertenece” a un solo profesor, sino al equipo. Las dificultades se detectan antes y las respuestas son más coherentes. Como docente, resulta muy reconfortante ver que no todo recae sobre una sola persona.

El uso de recursos digitales está completamente normalizado. El alumnado trabaja con dispositivos electrónicos y plataformas educativas de forma habitual, pero sin que la tecnología se convierta en el centro de todo. No se trata de “usar pantallas porque sí”, sino de utilizarlas cuando tienen sentido.

La tecnología facilita la personalización del aprendizaje, el acceso a materiales y la organización del trabajo. Se percibe un uso maduro y tranquilo, sin la sensación de urgencia o de moda que a veces acompaña a la digitalización en otros contextos.

Dentro de esta reflexión sobre tecnología, durante la estancia asistí a una charla formativa sobre inteligencia artificial aplicada a la educación. No fue una sesión técnica ni futurista, sino muy pedagógica. Se habló de la IA como una herramienta de apoyo al profesorado, no como una solución mágica ni como una amenaza inevitable.

Se plantearon usos prácticos: apoyo a la planificación, adaptación de materiales o ayuda en la atención a la diversidad. Pero, sobre todo, se insistió en algo clave: la IA obliga a repensar la evaluación. Si queremos saber qué aprende realmente el alumnado, necesitamos tareas que muestren el proceso, no solo el resultado final.

También se habló de ética, de fiabilidad de la información y de la importancia de enseñar al alumnado a cuestionar, contrastar y pensar. En un sistema que, apuesta tanto por la autonomía, este enfoque encaja de forma natural.

En las aulas se trabaja mucho por proyectos, con metodologías activas y aprendizaje cooperativo. El alumnado participa, pregunta, debate y toma decisiones. El profesorado acompaña, orienta y guía, pero no monopoliza la palabra.

Esto no significa que no haya contenidos ni exigencia. Al contrario: el aprendizaje es profundo porque tiene sentido. El alumnado sabe por qué hace lo que hace y para qué sirve. Y eso cambia completamente la actitud frente al aprendizaje.

Una de las grandes diferencias con el sistema educativo español es la ausencia de exámenes finales de cambio de etapa. No hay una prueba equivalente a la EBAU ni exámenes externos que decidan el futuro del alumnado en un solo día.

La evaluación es continua y formativa, basada en criterios nacionales comunes. El profesorado evalúa a lo largo del tiempo, teniendo en cuenta el trabajo diario, la evolución y las competencias desarrolladas. Esto reduce enormemente la presión sobre el alumnado y refuerza la idea de que aprender es un proceso, no una carrera de obstáculos.

Este modelo exige mucha responsabilidad docente, porque las decisiones deben estar bien fundamentadas. Pero también transmite un mensaje muy potente: se confía en el criterio profesional del profesorado.

Desde el punto de vista profesional, la experiencia ha sido muy enriquecedora. No se trata de idealizar otro sistema ni de pensar que todo es mejor fuera, sino de mirarnos en otro espejo. Ver cómo funcionan otras escuelas ayuda a cuestionar rutinas, creencias y prácticas que damos por normales.

A la vuelta, la intención es compartir lo aprendido con el claustro y explorar posibles colaboraciones internacionales dentro de proyectos Erasmus+. Estas experiencias no son solo viajes; son oportunidades reales de aprendizaje profesional.

Si tuviera que dar un consejo a quienes estén pensando en solicitar una estancia profesional, sería este: mirad con calma y con mente abierta. Observad incluso aquello que no parece relacionado con vuestra especialidad. La educación se construye en muchos pequeños detalles.

Y, por supuesto, agradeced al centro de acogida su generosidad. La experiencia, sin duda, merece la pena.