Me llamo Ana y recientemente he tenido la oportunidad de realizar una estancia profesional en el Nido Scuola Jacarandà, en pleno corazón de la ciudad de Milán (Italia). Esta experiencia ha supuesto un punto de inflexión en mi concepción de la etapa educativa de 3-6 años. Este centro, que da vida a una comunidad de más de 130 niños y niñas es un lugar donde la filosofía Reggio Emilia se presenta impregnada en cada rincón, en cada espacio y en cada experiencia. La educación durante esta etapa educativa se traduce en un ejercicio de respeto, estética y escucha activa.
Lo primero que cautiva de Jacarandà es su diseño, nada más entrar hay un espacio de encuentro, la piazza, que invita al diálogo y la interacción. Una arquitectura que invita a la transparencia y conexión, un espacio que invita a la autonomía y al descubrimiento.
La dinámica diaria se construye a través de contextos de aprendizaje aplicando una metodología basada en la provocación y en el asombro. El papel de la figura docente se centra en la observación y dinamizar propuestas encaminadas a responder a los intereses detectados en el grupo. El juego simbólico, la experimentación sensorial y el pensamiento crítico son prioritarios en el funcionamiento del aula. Esto último se justifica con la teoría de los cien lenguajes defendida por el pedagogo italiano Loris Malaguzzi. La idea básica de su pedagogía parte de que educar significa optimismo, surgido de la convicción profunda de la potencialidades y creatividad del ser humano, que en el caso de los niños son ilimitadas y, si hay un límite, éste se encuentra en la persona que mira al niño, no en el niño. Cabe destacar la presencia de la figura del atelerista, como la persona encargada de integrar el lenguaje artístico como vía de conocimiento científico e integral.
Con todo lo expuesto hasta ahora, hablar sobre la atención a la diversidad, en Jacarandà no existe un protocolo sino más bien una ética de la singularidad.
«Cada niño es visto como un sujeto de derechos, poseedor de un potencial infinito.»
El trabajo en equipo es necesario junto el ejercicio de reflexión compartida. El diálogo constante permite adaptar la práctica pedagógica a la evolución real de cada niño.
La documentación pedagógica es utilizada no tanto como registro de actividades sino más bien como una narrativa de los procesos de aprendizaje. Se detallan procesos cognitivos y emocionales que además de servir al docente como elemento de autoevaluación, hace partícipes a las familias de los progresos de sus hijos.
Como reflexión final, el poder participar en la vida de esta escuela me ha ha invitado a la reflexión sobre mi labor docente, reafirmando mi convicción de que educar es saber escuchar. Por otro lado, queda de manifiesto que cuando confiamos en las capacidades de la infancia, los niños y niñas nos devuelven una mirada del mundo mucho más rica y compleja de lo que solemos imaginar. Una experiencia enriquecedora caracterizada por el crecimiento personal y profesional.















