Participar en el programa de Estancias Profesionales para Docentes ha supuesto un antes y un después en mi trayectoria, tanto en mi faceta como docente como en mi rol de directora. Durante quince días, he tenido el privilegio de sumergirme en el día a día de una escuela elemental (école élémentaire) en el corazón de París con alumnos de 6 a 11 años, una experiencia que me ha permitido tomar distancia de la inercia diaria para observar nuestro propio sistema educativo con perspectiva internacional.
Lo primero que impresiona al cruzar el umbral del centro de acogida es su propia fisonomía: un imponente edificio de cinco plantas y sótano que condiciona por completo la organización. En este entorno, la seguridad es un pilar fundamental. Me resultó muy llamativo comprobar que el uso de mochilas con carro está completamente ausente, algo que en mi centro está muy instaurado.
Sin embargo, el verdadero «choque» cultural vino de la mano de las herramientas de aprendizaje. En una época donde en España debatimos constantemente sobre la digitalización, la dotación de dispositivos individuales y las plataformas virtuales, el centro francés destaca por un enfoque marcadamente analógico. El uso de la tecnología se reduce al uso puntual de pantallas interactivas de forma colectiva y guiada por el docente (para proyectar textos o realizar algún cálculo rápido o dinámicas como un Kahoot grupal sin dispositivos). El libro de texto comercial no existe, las clases se vertebran a partir de dossiers de fichas y cuadernos idénticos de elaboración propia. Cuando los alumnos terminan sus tareas, el refugio no es una pantalla, sino los rincones de lectura, densamente dotados de libros físicos, o juegos de ingenio manipulativos.
Como directora, uno de los aspectos que analicé con mayor interés fue la gestión del centro y la disciplina. El sistema francés mantiene una formalidad y un respeto institucional extraordinariamente interiorizados. Es sistemático: cada vez que la dirección entra en un aula, la totalidad de los alumnos se pone en pie de manera unísona y silenciosa, permaneciendo así hasta que se les indica que pueden sentarse.
Este clima se traduce en unas dinámicas de aula basadas en la calma, la autonomía y un asombroso silencio. El alumnado muestra un perfil más pasivo que el español, pero sumamente disciplinado y conocedor de las rutinas. Los docentes no necesitan elevar la voz, se comunican con una tranquilidad pasmosa. Además, el horario escolar (fragmentado con una pausa central de dos horas para la cantine o comedor y salidas a las 16:30 h dos días a la semana, a las 15:30 h, otros dos días de la semana, y siendo los miércoles el día en que no hay clase por la tarde), en mi observación, me dio la impresión de que favorecía un ritmo escolar más pausado y menos ansioso.
En el plano pedagógico, me cautivaron dos realidades:
- 1. La educación compensatoria (Aula UPE2A): destinada a la inmersión lingüística del alumnado no francófono. Me pareció excelente su modelo de inclusión flexible: los alumnos entran y salen de esta aula especializada a lo largo del día. Se ausentan de las asignaturas con mayor carga abstracta o lingüística, pero se integran obligatoriamente en su aula de referencia en las áreas prácticas (Matemáticas, Música, Plástica, Educación Física e Inglés).
- 2. El rigor en la lectoescritura: el dictado no es una actividad esporádica, sino un ritual diario. Se evalúa mediante porcentajes de logro y el proceso no termina con la nota: el alumno debe corregir y reescribir de manera autónoma sus errores hasta alcanzar el 100% de réussite (cien por cien de acierto) antes de que la maîtresse valide su cuaderno. Además, está sistematizado el uso de la práctica de la velocidad lectora y la gran instauración de tiempo para la lectura dentro del entorno escolar.
El retorno a mi centro en Jumilla ha sido sumamente enriquecedor. En el Claustro de difusión, compartimos una profunda reflexión común sobre los beneficios de esta metodología tradicional frente a la nuestra. Nos ha servido para debatir sobre la necesidad de profundizar en la base de nuestro currículo, rebajar la saturación de planes y proyectos e importar rutinas que fomenten un clima de silencio y respeto autónomo.
A nivel personal, la estancia en París ha supuesto una inmensa estimulación cultural de 15 días, permitiéndome disfrutar de sus museos e historia (como la magnífica visita y conferencia en el Panteón que compartí con los alumnos de CM2). Pero, sobre todo, me llevo una gran lección de salud profesional como directiva: la importancia de saber marcar una distancia saludable respecto a los conflictos menores y ajenos a la escuela, protegiendo la plena profesionalidad del equipo para evitar el desgaste.
Si estás pensando en presentarte a las próximas convocatorias, ¡no lo dudes! Es una de las experiencias profesionales más recomendables de toda mi carrera.















