Me llamo Carlos Callón y soy profesor en el IES San Clemente (Santiago de Compostela, Galicia), donde imparto Portugués, pero también tengo las especialidades de Lengua Gallega y Literatura, y Geografía e Historia, todas ellas aprovechadas en esta visita docente. De hecho, uno de los propósitos clave fue aportar una perspectiva externa y comparada sobre contenidos lingüísticos, culturales e históricos del ámbito gallego-portugués.
Entre los días lectivos 16 y 27 de marzo de 2026 realicé una estancia profesional en la Escola Secundária Vitorino Nemésio, en Praia da Vitória, isla Terceira (Azores, Portugal). Si tuviera que escoger una palabra para definir estas dos semanas, tal vez diría “bisagra”: una pieza pequeña pero decisiva que permite abrir y cerrar, conectar dos espacios y dar paso a un movimiento nuevo. Eso fue exactamente esta experiencia para mí: una bisagra entre dos realidades educativas cercanas culturalmente, aunque alejadas geográficamente y, al mismo tiempo, una apertura hacia prácticas concretas que puedo trasladar a mi centro con sentido y realismo.
La Escola Secundária Vitorino Nemésio es un centro público con una identidad muy marcada. Su oferta educativa integra el tercer ciclo de la educación básica y la enseñanza secundaria, con itinerarios de formación general y profesional, y además desarrolla una modalidad especialmente significativa: la enseñanza no universitaria a distancia, el llamado “ensino mediatizado”. Esa combinación configura un alumnado diverso, con objetivos académicos distintos y trayectorias heterogéneas, y obliga al centro a articular respuestas organizativas, pedagógicas y de acompañamiento que no se resuelven con una única receta.
Mi estancia se centró principalmente en la observación directa del aula y en el intercambio profesional. Asistí a clases, con especial atención a Portugués y Ciencias Sociales, y pude analizar de cerca cómo se organizan el espacio y el tiempo, qué estrategias se emplean para sostener la atención y cómo se conjugan recursos digitales y trabajo más tradicional. Pero si algo confirmé es que observar clases es necesario, aunque no suficiente: para comprender un centro hay que mirar también sus espacios de socialización pedagógica, los mecanismos de coordinación y, sobre todo, los lugares donde la escuela se hace comunidad. En ese sentido, la biblioteca escolar y la huerta fueron dos de los grandes descubrimientos de la estancia.
Durante estos días vi cómo la biblioteca se convertía en un espacio con programación sostenida y con vida propia: exposiciones periódicas, mercadillo de libros usados, actividades vinculadas a un programa trimestral y, especialmente, un protagonismo real del alumnado mediante iniciativas de voluntariado. No es solo que “se hagan cosas”: es que se sostiene un modelo en el que la biblioteca es un eje de aprendizaje autónomo, un apoyo curricular y un lugar de encuentro.
Otro de los momentos más reveladores fue participar en las actividades del Dia da Agricultura e das Florestas, impulsadas desde el departamento de Ciencias Sociales. La jornada combinó conferencias, presentaciones de proyectos, trabajos del alumnado con la comunidad y una acción concreta de plantación de árboles. Al mismo tiempo, pude conocer con detalle la huerta escolar, cuidada y pensada como un espacio para actividades lectivas y no lectivas, donde el alumnado puede implicarse con distintos grados de compromiso según su interés. Me gustó esa coherencia: hablar de sostenibilidad sin quedarse en el discurso, conectar currículo y entorno, y mostrar que la educación ambiental se aprende también con las manos, con decisiones prácticas y con experiencias que dejan huella.
En paralelo, mantuve reuniones con el equipo directivo al inicio de la estancia —para orientar el trabajo y encuadrar objetivos— y al final —para recapitular, ordenar aprendizajes y explorar posibilidades de colaboración futura—. Estas conversaciones fueron fundamentales para entender la gestión del centro, sus proyectos y su visión estratégica. También destaco el contacto con el personal no docente, porque ayuda a ver la escuela como un engranaje completo: no solo la docencia, sino el funcionamiento cotidiano que hace posible que lo pedagógico ocurra. En una estancia profesional, ese conocimiento “invisible” es tan valioso como las metodologías visibles del aula.
También ha sido especialmente relevante conocer cómo funciona en su caso la enseñanza a distancia, el “ensino mediatizado”. Poder acercarme a su aula virtual y a la lógica organizativa de la enseñanza a distancia me resultó especialmente relevante porque mi centro de origen también trabaja en esa línea, siendo una de las características que singularizan esta escuela en Portugal y mi instituto en Galicia. Esta coincidencia permite abrir un camino claro para compartir estrategias de tutorización, diseño de materiales, evaluación y acompañamiento del alumnado en contextos donde la presencialidad no siempre es el marco principal. En tiempos en que lo digital puede ser tanto una oportunidad como una fuente de desigualdad, ver modelos consolidados y sostenidos por cultura de centro resulta especialmente útil.
Mi valoración global es muy positiva. Regreso con aprendizajes concretos y transferibles: la biblioteca como proyecto de participación, la sostenibilidad como experiencia situada y conectada con la comunidad y la enseñanza a distancia como ámbito de colaboración real. También regreso con una convicción reforzada: estas estancias tienen sentido cuando se entra con preguntas claras, se observa con humildad y se sale con propuestas realizables. Por eso, si tuviera que dar un consejo a quien solicite una estancia en futuras convocatorias, sería este: no intentes abarcarlo todo. Elige dos o tres focos significativos, pide ver espacios vivos del centro (no solo aulas), reserva un momento final para ordenar ideas y escribe siempre pensando en cómo adaptar lo aprendido a tu realidad. La bisagra funciona cuando conecta puertas reales; y esta estancia, para mí, ha conectado ya varias.















