Soy Josep Ignasi Mena López, docente de Matemáticas en Sabadell (Barcelona).
Mi estancia en Oslo Katedralskole, en pleno centro de Oslo, ha sido una experiencia para aprender y recordar. He vuelto con varias ideas que piden hueco en mi aula, muchas notas con propuestas de mejora, y alguna que otra batalla logística por librar, como conseguir más pizarras en las paredes del aula.
Un centro con historia y con mucha vida escolar
“Katta”, como lo llaman, es un centro de secundaria superior (16 a 19 años) con unos 600 estudiantes y alrededor de 60 docentes. El edificio, histórico y con cierto aire solemne, convive con una vida escolar muy activa y sorprendentemente dinámica. No es solo que tengan instalaciones bien equipadas — dos bibliotecas (una de ellas con libros históricos), gimnasios interiores, un auditorio subterráneo, laboratorios, una sala de profesores con cocina completa, etc.—, sino que el centro permanece abierto y vivo más allá de las clases.
El alumnado participa en decenas de agrupaciones autogestionadas: teatro, música, debate, deporte… incluso apicultura urbana. Sí, hay estudiantes que producen su propia miel. Puede parecer anecdótico, pero en realidad dice mucho de la autonomía que se fomenta y el grado de implicación en la vida escolar, sintiendo el centro como propio, cuidándolo y transformándolo. No es la única actividad sorprendente, el grupo de teatro es más antiguo que el propio Nationaltheatret. Y qué se puede decir del grupo que organiza baños en aguas gélidas o del que propone debates políticos invitando a participar a figuras relevantes del país.
La diversidad del alumnado está presente y es un rasgo clave. Si bien proviene de toda la ciudad, aproximadamente un tercio tiene una lengua materna distinta del noruego. El sistema noruego y el centro disponen de programas de inmersión lingüística, con estructuras que facilitan la integración acompañando al estudiante recién llegado.
Organización y clima
Uno de los aspectos que más me llamó la atención fue el ambiente general del centro. La jornada escolar, que va de 08:15 a 15:50, se organiza en sesiones de 45 minutos que suelen agruparse en bloques de dos sesiones seguidas de la misma asignatura, permitiendo trabajar con mayor profundidad.
El clima es tranquilo, bastante respetuoso y basado en la autorregulación. No observé sensación de tensión ni necesidad constante de imponer disciplina, a pesar de coincidir con un periodo de repaso previo a los exámenes finales de mayo. La relación entre profesorado y alumnado es cercana, pero con un claro foco académico. La autoridad se ejerce desde la confianza en el alumno más que desde la imposición.
También resulta interesante la organización docente. Establecen reuniones periódicas, espacios de trabajo compartidos y una cultura de colaboración facilitando el intercambio de ideas. Como ejerzo de jefe de estudios en mi centro, me resultó muy útil conocer cómo abordan cuestiones organizativas como la elaboración de horarios o las coordinaciones internas.
Aprender pensando, metodologías y recursos.
En el plano pedagógico, pude observar varias clases de Matemáticas. La metodología aplicada es diversa. Aplican el Thinking Classroom: estudiantes trabajando en grupo, utilizando pizarras repartidas por las paredes del aula para abordar retos que plantea el profesor. El alumnado no solo resuelve problemas, sino que verbaliza su razonamiento, lo comparte y lo contrasta. Se equivocan, corrigen y vuelven a intentar. En definitiva, piensan en voz alta.
El modelo prioriza la comprensión frente a la densidad de contenidos, con una etapa de tres años correspondiente a nuestro bachillerato de dos. En comparación con nuestro sistema, observé un ritmo diferente, pero una mayor profundidad en la aplicación de contenidos, integrando herramientas digitales como Geogebra y la programación en Python para desarrollar el pensamiento computacional. La tecnología está integrada de forma natural y la pueden utilizar a voluntad. Cada alumno dispone de un ordenador portátil e interactúa con el profesorado a través de OneNote. Eso no significa que dejen de lado los libros, que se reutilizan de curso en curso. No hay sensación de “ahora toca usar el ordenador”, sino que se utiliza cuando aporta valor.
Especialmente interesante fue la asignatura de matemáticas por proyectos (2P-Y), donde cada estudiante investiga un tema concreto. Este enfoque permite desarrollar no solo conocimientos, sino también habilidades de investigación y de trabajo autónomo.
El español en Oslo
Mi participación en clases de Lengua Española fue una parte muy enriquecedora. El profesorado facilitó un ambiente muy cercano, animando al alumnado a interactuar conmigo.
Hablamos de gastronomía, cultura, política y diversidad lingüística, combinando aspectos más informales con contenidos gramaticales y semánticos. Fue especialmente interesante compartir la realidad de las lenguas cooficiales apoyándome en recursos visuales y musicales, mientras aprendía a su vez la realidad idiomática del noruego, con el Nynorsk y el Bokmål.
La experiencia fue muy positiva, aunque también permitió identificar dificultades, especialmente la falta de contextos sociales para practicar el idioma fuera del aula.
Orientación, acompañamiento y evaluación
Durante la estancia también pude conocer el trabajo del equipo de orientación. El acompañamiento al alumnado es continuo e incluye la organización de encuentros con profesionales, foros universitarios y colaboración con instituciones externas. Se coordinan con servicios especializados para atender necesidades específicas, tanto académicas como emocionales, adoptando medidas individualizadas en los casos necesarios.
En cuanto a la evaluación y el acceso a la universidad, el modelo difiere bastante del nuestro. En lugar de una prueba global de acceso a la universidad, cada alumno se examina de cuatro materias, una de ellas el noruego, mientras que las demás son seccionadas al azar por el Ministerio. Los exámenes son largos y combinan partes con y sin acceso a recursos.
Lo que me traigo de vuelta
El impacto de la estancia va más allá de lo observado durante esos días. Se han iniciado contactos para futuros proyectos de colaboración, con la intención de comenzar con intercambios virtuales para, a medio plazo, avanzar hacia movilidades físicas.
A nivel profesional, la experiencia me ha permitido ampliar la mirada sobre la enseñanza en bachillerato. Especialmente enriquecedor me ha resultado el intercambio con docentes que ejercen la misma vocación en un entorno cultural y social diferente, compartiendo inquietudes y enfoques distintos.
Para quien esté pensando en dar el paso
Participar en una experiencia de este tipo merece mucho la pena, pero conviene prepararla bien. Establecer objetivos claros compartidos, mantener una actitud abierta y aprovechar cada oportunidad de interacción es fundamental para aprovecharla al máximo.
Hablar con distintos perfiles del centro, generar vínculos, observar con intención y participar cuando surge la oportunidad marca la diferencia. En mi caso, conversaciones informales fueron tan valiosas como las observaciones en el aula. Y, por supuesto, dejar espacio para la inmersión cultural: poder conocer la ciudad, el legado histórico del país, sus costumbres y su forma de vida también forma parte del aprendizaje. La visita al Museo Nacional, el café acompañado de kanelbolle, una fiskesuppe caliente para llevar mejor el frío, o el matpakke en la sala de profesores, son experiencias que transforman la estancia en inolvidable.















